El rincón de Yael:
Fe y valor en la asediada ciudad de Sderot
¡Shalom!
Esta fue mi primera visita a Sderot, una ciudad israelí que durante años ha sido el blanco de los cohetes palestinos terroristas lanzados desde la vecina Franja de Gaza. Debo reconocer que estaba un poco nerviosa, a pesar de que viajaba con mi padre, el rabino Eckstein, quien había estado allí antes. Aunque los ataques han menguado bastante desde la campaña militar Plomo sólido, la ofensiva militar israelí a principios del 2009 para detener el lanzamiento de misiles, el terror es aún parte de la vida diaria. De hecho, un día antes de mi visita, cayó un misil en Sderot, el cual hizo recordar a sus habitantes que los terroristas no cesan de trabajar para alcanzar su meta de borrar a Israel del mapa.
El hecho de que me he salvado por poco de varios ataques terroristas en Israel me ha dado una fe inquebrantable de que Dios está conmigo en cada una de mis salidas y entradas. No obstante, para mi visita a Sderot, donde han caído más de 8000 misiles en los últimos siete años, me sentí movida a orar con especial intensidad cuando mi padre y yo hicimos el recorrido de una hora desde Jerusalén.
Cuando llegamos a Sderot, me sorprendió ver que la vida es como en cualquier otra ciudad. Las madres caminaban con sus hijos hacia la escuela, los lugares donde venden comestibles estaban abiertos, los buses hacían sus recorridos y los padres se despedían de sus familias con un beso antes de salir para el trabajo. Me sentí impresionada e inspirada al ver que estas personas parecían haber vuelto a la normalidad tras casi una década de ser objeto de bombardeos de misiles. Y pensé: «Si yo viviera aquí, me aterraría dejar a mis hijos salir del refugio antiaéreo». La alerta de 15 segundos que se activa frente a un ataque inminente de misiles y que emite la sirena de «código rojo» rara vez da el tiempo suficiente para encontrar refugio, mucho menos si uno va por la calle.
Sin embargo, estaba a punto de descubrir con exactitud lo que esta ciudad había vivido en la última década. Nuestra primera parada en Sderot fue la estación de policía, donde el alcalde nos mostró la bodega en la que guardan cientos de proyectiles quemados de los cohetes terroristas mortíferos que han caído. «Hubo días en los que estos misiles caían sin parar —nos dijo el alcalde—. Si no fuera por los refugios antiaéreos que ha patrocinado La Fraternidad, no sé lo que haríamos. Todos los ciudadanos estarían expuestos y veríamos muchos más heridos». El alcalde cuenta a todos los que visitan Sderot cómo La Fraternidad ha ayudado a la ciudad con la modernización de los refugios antiaéreos, la financiación de los centros de urgencia, suministros médicos para los hospitales y mucho más. En palabras del alcalde: «La Fraternidad ha traído sonrisas, felicidad y esperanza no solo a Sderot, sino a todo el pueblo de Israel, y estoy muy agradecido».
El alcalde nos llevó a mi padre y a mí en un auto blindado de la policía a un mirador en las afueras de la ciudad. Allí pudimos observar a poco más de un kilómetro de distancia la Franja de Gaza que es controlada por Hamás, y empecé a darme cuenta de algo que distingue a Sderot de otras ciudades. En Sderot hay paradas de autobuses que son también refugios antiaéreos, parques infantiles con toboganes y túneles que son refugios antiaéreos, edificios escolares sin ventanas construidos de puro concreto e inmensos parlantes en cada esquina que hacen sonar la sirena de «código rojo» cuando se acercan los misiles. Y había algo más: a pesar de todo lo que han vivido y de la realidad de que los ataques de misiles pueden reanudarse en cualquier momento, todo habitante de Sderot que conocí parecía haber confiado a Dios su casa, sus hijos, su vida y su futuro. Es causa de gran inspiración ver ese grado de fe en personas que viven en semejante situación.
Antes de partir de Sderot fuimos a visitar una «casa de protección» para jovencitas que financia La Fraternidad. De pie, frente a las instalaciones, vi un coro formado por jovencitas etíopes, Bnei Menashe de India, rusas e israelíes alumbradas por un bello atardecer y cantando cerca de micrófonos conectados a grandes parlantes. Las palabras de la canción no podían ser más apropiadas: «La nación de Israel vive y nuestra fe nunca morirá. Esta es la canción de mi abuelo, la que cantó mi padre y la que hoy canto yo; la nación de Israel vive». Sus bellas, fuertes y confiadas voces transformaron aquella canción en una oración que todos elevamos.
Aumentamos el volumen de los parlantes tanto como fue posible, con la esperanza de que nuestros vecinos terroristas que buscan destruir israelíes inocentes pudieran oír el mensaje. Juntos cantamos el Salmo 121: «Alzaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero ni se dormirá el que te guarda. Por cierto, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel». Un escalofrío recorrió mi espalda cuando mi padre y yo unimos nuestras manos en oración. Por primera vez durante mi visita de tres horas a Sderot no sentí temor, porque tenía el poder de la oración, que es el arma más poderosa que existe.